Tu muerte es increíble, Ántero, no por cómo sucedió, sino, y simplemente, porque no hay modo de imaginarte horizontal, insonoro, estático. No hay modo de imaginarte, Ántero, silente bajo la sombra de tus párpados, bajo la sombra de un barnizado madero, bajo la sombra del tosco cemento; me aferro a imaginarte bebiendo bajo la sombra de la estera, bajo la sombra del espino. ¡El espino silbador!, ¿recuerdas?
Escuchar «San Pedro de Lloc», Ántero, y no verte aparecer sonriendo, mentira perfecta; recordar «San Pedro de Lloc», Ántero, y no verte abriendo los brazos, mentira perfecta; pensar en visitar «San Pedro de Lloc», Ántero, y no pensar en buscarte, mentira perfecta; visitar «San Pedro de Lloc», Ántero, y no encontrarnos y tomarnos unas cervezas bien heladas, mentira perfecta, herejía, sacrilegio.
Desde niño, azuzado por la muerte y su olor a cera y timolina, me pregunté retóricamente: ¿quién de mi familia más cercana se iría de este mundo primero?; sí, retóricamente, porque rogaba que no hubiera respuesta; y así sucedió, hasta que cierto día el reloj de mi abuelo Agustín, se detuvo. Y si bien fui apuñalado impunemente por la apestosa e indeseada respuesta, la pregunta retórica, muy a pesar de mí, se quedó aleteando sarcásticamente entre las manecillas que seguían moviéndose. Y entonces, otras respuestas fueron posándose como lechuzas malagüeras en mi hombro: y se detuvo el reloj de mi abuela María, el reloj de mi abuela Elvira, el reloj de mi abuelo Arturo. Y así, hasta que se detuvo el reloj de Nicolás, mi padre. La muerte había zarpado al cerco más íntimo. Me arropé de remordimientos: ¿y si no hubiera echado la pregunta al viento?, quizá no habrían llegado las respuestas, en cascada, en cadena, en condena. Pero, menos mal, el abrazo fraterno me dio un poco de consuelo: hay respuestas que aletean, aunque no aleteen las preguntas; hay respuestas indeseadas que nos respiran inopinadamente en la nuca.

A la pregunta de mi niñez, se sumó la pregunta echada al viento en mi adultez: ¿quién de los amigos de tertulia se iría de este mundo primero? Desde entonces, desfilaron inevitablemente delante de mis ojos asustados, perdónenme, los amigos con quienes nos queremos a botellazos, a prueba de lúpulo; y ahí estaba yo, encabezando siempre la lúgubre caravana. Solo tragaba saliva y disentía con la cabeza mientras espantaba a la muerte con ambas manos: ¡fuera muerte de mierda! Pero ayer, tras degustar un ceviche de palabritas, ¡la palabra justa que nos juntaba!, como si acaso de una despedida no pactada se tratara, irrumpió en mi patio la primera y ponzoñosa respuesta, ¡sí, la primera, maldita sea! ¡Tu reloj, Ántero, se había detenido! Las dispares y quietas manecillas garabateaban una boca abierta en sesenta grados, y no sé si se burlaba o lamentaba. Moqueando, moqueando, en la puerta del bar florecido en mi pecho, icé una bandera de palabras a media asta.
Ántero, nos vemos pronto para alargar la sobremesa etílica, literaria, para querernos a botellazos (librazos, quenazos, guitarrazos…), como nuestra amistad siempre hubo demandado. Eso sí, en consonancia con tu espíritu festivo y pueblerino, aunque el momento sea grave y solemne, te sugiero: mientras tus patas vamos llegando, ¡que llegaremos, qué duda cabe!, sin descuidar a tus ángeles de la guarda, reúnete con mi extinto amigo Braulio de la Barra, y hagan tertulia; te conozco y lo conozco, sé que se llevarán de la grampucta. ¡Salud(os)!
Ahora sí, Ántero, te dejo –solo por un impredecible plazo–, no sin antes pedirte que te unas a mi verso dedicado a mi extinto padre: ¡Ojalá un día la muerte se muriera, carajo, a ver si le gusta!
Trujillo, 28 de agosto de 2020

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Dime, Ántero, ¿cómo iré a San Pedro de Lloc, si ya no estarás allí para bebernos la vida? ¿Cómo?, ¡si tu vacío tiene la dimensión de tu pecho! San Pedro de Lloc, ahora, me procura menos, gravita más, decolora a trancos, hilvana más desierto, y llora tu viaje súbito, el viaje prematuro de su cañán de raza favorito.





