Escribe: Robert Jara
Era fines de 1997, si no mal recuerdo. Con David Mendoza, amigo del recién fundado Grupo Literario Namul, azuzados por el afán de publicar nuestra primera plaqueta colectiva de poesía y la precaria situación económica que adolecíamos, no se nos ocurrió mejor idea que hacer lo que solía hacerse cuando de cuestiones culturales se trataba: pedir apoyo a ciertas personas o negocios con solvencia económica.
Elaboramos, emocionados, una lista con los nombres de los potenciales colaboradores; y, hasta trazamos un mapa donde anotamos sus direcciones. Como nuestro fin era de índole cultural, dimos por sentado que nos llovería el apoyo y hasta, quizá, nos darían palabras de aliento, palmaditas en el hombro, y nos enorgullecimos a priori. Y lista y mapa en mano, dejamos el otrora local del Club Alianza Guadalupe, ubicado en la calle Junín, e iniciamos nuestro recorrido, pletóricos de esperanza.
El primer potencial colaborador que visitamos nos dijo que “para otra vez será, jóvenes”, luego de escuchar amablemente nuestro candoroso discurso; nos miramos sorprendidos; dejamos el lugar con la fe intacta y continuamos por la calle en silencio. El segundo nos felicitó, y se despachó con un emotivo mensaje de apoyo moral: “La cultura es importante para el desarrollo de los pueblos…”. El tercero, …
Antes de enrumbar al último potencial colaborador, cuyo nombre era el único que yacía sin rayar en la lista, advertimos que habíamos recaudado apenas 10 soles, varios “no”, una que otra felicitación y algunas palmaditas en el hombro. Suspiramos, y con la fe aún en pie, caminamos casi con resignación hasta el lugar señalado en el mapa. “Ojalá este señor nos salve la tarde”, rogamos. Allí estaba nuestro último posible benefactor, al fondo de su oficina, en su escritorio, peleándose con las teclas de su máquina de escribir, tipeando algún documento importante. Avanzamos por el callejón hasta la entrada descubierta. Parados bajo el dintel, hablé, empujado por la mirada solícita de David:
─Señor, buenas tardes.
Nos miró, y correspondió el saludo moviendo ligeramente su diminuta cabeza.
David y yo cruzamos miradas de desconcierto. En ese preciso momento nos preguntamos, quizá, ¿qué diantres hacemos aquí? En ese preciso momento pensamos, quizá, recoger nuestras morales magulladas y largarnos corriendo por donde habíamos venido; el callejón parecía infinito.
─¿Podemos hablar con usted? ─insistí.
─¿De qué trata el asunto? ─preguntó, sin dejar de teclear, echándonos un vistazo de soslayo.
David y yo cruzamos miradas de desconcierto. En ese preciso momento nos preguntamos, quizá, ¿qué diantres hacemos aquí? En ese preciso momento pensamos, quizá, recoger nuestras morales magulladas y largarnos corriendo por donde habíamos venido; el callejón parecía infinito. Esto de pedir ayuda no había sido, para nada, lo que habíamos imaginado. Pero, contra toda lógica, en vez de huir, avanzamos hasta el escritorio del señor regordete y blanquiñoso. Recordé lo que alguna vez me dijera mi madre, pero solo para desobedecerle: nunca pases o te sientes en un lugar si no te han invitado. Mientras le explicamos la razón de nuestra presencia, con pelos y señas, no dejó de despreciarnos con su tecleo incesante y sus achinados y encendidos ojos. Es, al menos, lo que yo sentí. Cuando callamos, al fin dejó de teclear, y nos preguntó con cachita:
─¿Ya terminaron?
─Sí ─dijo David, abandonando su silencio.
Se peinó la barba pelirroja y rala con una mano, tiró su cuerpo para atrás, sobre el respaldar de la silla, y sentenció:
─¡Bueno, no he escuchado de ustedes dos ni en pelea de perros! ─nos auscultó, pero como no reaccionamos, prosiguió ─: ¿Y saben? No sean vagos, si quieren publicar sus poemas, vayan a trabajar, dejen de andar pidiendo limosna en nombre de la cultura. Yo para tener lo que tengo me he deslomado, me he molido los riñones.
Tras un acezante silencio, fijó sus ojos en mí y ordenó:
─Y usted, aféitese y córtese esos pelos, así nadie va a tomarlo en serio. Por ejemplo, yo no sé si usted es un terruco, un fumón, un pordiosero o un rosquete.
Después del acalorado discurso del señor regordete y blanquiñoso, lo próximo que recuerdo es a David y a mí sentados en una banca de la Plaza Mayor de Guadalupe, tratando de subirnos mutuamente la moral, tratando de convencernos de que había sido solo un mal sueño.
─Vamos ─le dije, en son de consuelo─, empeñaremos mi Olivetti, carajo, y publicaremos nuestra primera plaqueta de poemas del grupo.
Y caminamos, no sé si abrazados, rumbo al local, donde nos esperaban, ajenos a todo, con la ilusión intacta, los demás namulianos.





