Escribe: Robert Jara
A David Balarezo, compañero de estudios cuya luz apagaron pronto; y a Luis Castillo, profesor que nos dio luz eterna en la escuela primaria.
Días después, me contaría mi mamá que el profesor Luis Castillo, se apareció montado en su bicicleta, acezando, en la puerta de la casa.
―Buenos días, Rafaela. ¿Está Roberto? ―dijo, ni bien la vio. Sudaba, y tenía los ojos hinchados y rojos.
―No, profesor, está en Trujillo. ¿Pasa algo malo?
Era diciembre de 1991, yo cursaba el segundo año de estudios en la UNT, y volvía a Semán los fines de semana, solo cuando la economía no apremiaba. No había forma de comunicarse rápido, sino por teléfono fijo, pero era un servicio de privilegiados.
―Ha muerto David Balarezo, amigo de promoción de Roberto.
El profesor Castillo, aunque hacía una década que nos “había dejado”, empujado por su corazón roto, por el cariño forjado en los seis años que nos acompañó en el aula, recorrió Guadalupe y sus alrededores, montado en su bicicleta, con el afán de anoticiarnos a cada uno de los estudiantes de la promoción 1981, sobre tan infausto suceso. Lo imagino, y no puedo evitar conmoverme, pedaleando a toda prisa por las calles pobladas e indiferentes, por los caminos solitarios mientras los perros chuscos intentan morderlo, mientras el viento seca sus lágrimas arrancadas por el recuerdo del Cholo cuando era niño, que revolotea en su memoria. Cholo, así le decíamos de cariño a nuestro difunto compañero de estudios.
―Al Cholo lo han matado los terroristas, Rafita ―dijo, y dejó rodar unas lágrimas, que inmediatamente secó con sus largos y delgados dedos.

―¡Dios santo! ¿Pero cómo sucedió, profesor?
―Lo emboscaron y lo balearon junto a sus compañeros.
―¡Desgraciados!
―El Cholo era policía…
Mi mamá le dio el pésame, por instinto, pues había sido como nuestro padre por seis años, y lo invitó a pasar a la sala, pero el profesor, más bien, se acomodó en su bicicleta, y diciendo: “Tengo que avisarles a mis demás muchachos”, se esfumó por la Ranchería. Unos perros rengos lo persiguieron, ladrándole, hasta Dios sabe dónde.
El Cholo, a dos semanas de cumplir 22 años, perdió ―perdón, le arrebataron― la vida en Juanjuí, allá en la selva, lejos de su terruño, sirviendo a su patria, en vísperas de Navidad, justo cuando el dolor de la muerte se robustece con el titilar de las luces y el son de los villancicos. Él fue la primera persona cercana a mí que había sido asesinada por los terroristas; hasta entonces, todas las muertes, que se contaban por cientos, causadas por estos fanáticos extremistas, me habían parecido lejanas; habían sido muertes que rondaban, sin salirse, como si de un estricto libreto se tratara, en la radio, el periódico, en la tele. El Cholo tuvo la mala suerte de ser uno de los miles de policías que los, dizque, revolucionarios, guerrilleros, asesinarían sin remordimiento, en nombre de los pobres, en nombre de los campesinos.
―Ay, hijo, te tengo una mala noticia ―me dijo mi mamá ni bien me asomé por el callejón de la casa, silbando “Noche de paz”. Callé, y abrí exageradamente los ojos. Ella continuó―: Tu amigo David Balarezo ha muerto.
Allí está, vestido de su piel morena, adornado de su crespo pelo, sus ojos claros y su constelación de pecas, recorriendo los pasillos del aula, recorriendo los patios de la escuela, alegre, travieso, vivaracho…
―¿El Cholo Balarezo?
―Sí, así fue como lo llamó tu profesor Castillo, quien vino trayendo la mala noticia.
―Pero…
―Lo siento, hijo. Lo han matado los terroristas.
El arbolito de navidad yacía en la esquina del comedor con las luces apagadas. Tras un breve silencio, indagué:
―¿Y cuándo será el sepelio?
―Ay, hijo, llegas cuando el muertito ya está enterrado ―dijo, con voz de consuelo.
Entonces moqueé recordando al Cholo, a quien no había vuelto a ver desde que terminamos la secundaria. Allí está, vestido de su piel morena, adornado de su crespo pelo, sus ojos claros y su constelación de pecas, recorriendo los pasillos del aula, recorriendo los patios de la escuela, alegre, travieso, vivaracho… allí está, con su impecable traje policial, valiente, orgulloso, haciendo Perú, asomándose al cielo azul tras los cobardes disparos, tarareando un villancico entre el humo de la pólvora, pisoteando los cartuchos.
Quizá, empujado por el humano afán de querer darle sentido a la muerte del Cholo, se estaciona, de pronto, en mi memoria el nombre de nuestra promoción de primaria: I Centenario del Fusilamiento de los Hermanos Fernando, Justo Albújar y Manuel Guarniz. ¿Casualidad?, pienso, “No, hombre, la casualidad no existe”. ¿Fusilamiento?, “¡La casualidad no existe!”, entonces reparo en la palabra clave que tiembla y relumbra. Los Albújar y Guarniz, héroes nacionales, fueron fusilados, injustamente también, durante la Guerra del Pacífico.
Guadalupe, 23 de diciembre de 2021





