Escribe: Robert Jara
[Oh, Borinquen, excusa divina del fracaso]
Hay fechas, como la de tu cumpleaños, el cumpleaños de tu hijo, etc., que te marcan para siempre. Un 20 de enero de 1998, una de esas fechas para mí, luego de a duras penas conseguir el pasaje (gracias, mamá por tus correrías vitales) y conseguir la visa, resulté en el aeropuerto Jorge Chávez con la solemnidad de quien espera al pelotón de fusilamiento.
Sin llorar, para que mamá no llorara más, me metí en la panza del avión; y no lloré sino hasta que vi por la escotilla cómo el Perú se convertía en un punto. Ni el haber escuchado de quienes me despedían: «Puerto Rico es una isla de playas hermosas«, «Provecho, te vas al paraíso«…, aplacaron la tristeza por dejar a la familia, amigos, cultura, allá abajo. Menos mal que en la aduana no me revisaron el corazón, sino hubieran descubierto el gran equipaje de contrabando que llevaba y me hubieran deportado. Pasé los sensores y aunque yo no era famoso, Puerto Rico, me recibiste amablemente, imaginé tus brazos abiertos apretándome, cuando pisé tu vientre. Me recibiste con tu brisa y con el canto de tus coquíes, telón de fondo que pronto se volvería mío.
Cómo no recordar, Borinquen, que llegué a ti el año que cumplías 100 años de haber sido tomada como colonia por Estados Unidos; hito que signaría tu devenir histórico. Hito que partiría en tres a tus hijos, los que querrían tu independencia, los que querrían tu dependencia, y los que no sabrían lo que querrían. Es hito detonante ha preñado tu cultura, que por cierto nada tiene que envidiar a la de otros países, pero que la sabrosa salsa y la eclosión de músicos (que literalmente brotan debajo de cada piedra) han eclipsado, no detenido, sin quererlo; ah, también debido a que cada país se entretiene mirando y acariciando su propio y hermoso ombligo ¡El insularismo parece no ser solo cosa de islas! Si bien este choque histórico te heredó su moneda, el dólar; te sumó su idioma, el inglés; tú, como sacándole la lengua al tiempo, urdiste un idioma nuevo y juguetón: el spanglish; y desde entonces, más que nunca, guardas y avivas el latido que te hermana a Latinoamérica; valoras tu herencia prehispánica, valoras tu herencia mestiza. Saber de ti, Borinquen, no fue mi mérito, lo fueron de las circunstancias; pues éstas, y mi espíritu curioso, me permitieron empaparme de tu cultura, no solo de la viva y cotidiana, sino también de la que dormía en los libros de las bibliotecas de humanidades de la UPR de Mayagüez y Río Piedras; y me empapé a propósito, no solo para tratar de comprender tu sensible y complejo devenir, sino, también, y lo confieso ahora, para poder (entro)meter mi foránea cuchara con cierto fundamento en el acalorado discurso que sostenían tus propios hijos.
Eso sí, Borinquen, es menester decirlo, no soy de los que aprendió a querer a Perú azuzado por la nostalgia; no, yo llegué a ti queriéndolo mucho. Y te cuento, en mi leve equipaje aquel 20 de enero de 1998 llevé mi quena y mi zampoña.
Allá entre tu brisa, Borinquen, mientras vivía, bebía, estudiaba mi postgrado en Física, daba clases en la universidad, hacía literatura y música en las calles. En Mayagüez, pertenecí a la Sociedad Latinoamericana de Literatura; en Rio Piedras, al histórico Colectivo Literario El Sótano 00931 y a la banda musical Los Renuentes, con quien viajé a Chile (Temuco) al festival de música latinoamericana. Allá entre tu brisa, te hice oír el canto de mis raíces, mientras tus hijos me hacían oír tu canto, su canto. Hasta formé con otros peruanos el grupo de música y danza “Perú Canta y Baila”, con el cual, por un buen tiempo hicimos reír y llorar a ciento de paisanos que también cobijaste. Incluso en el grupo boricua Los Renuentes, el cual integré, trencé amablemente el sonido y ritmo andinos con tu sonido y ritmos caribeños, una hermosa experiencia. Y allá entre tu brisa me integré, con mi quena, a la tuna los Bardos de la UPI; estuve solo unos meses, pues, tontamente, me resistí a vestir sus llamativos trajes típicos; y con esto me perdí la oportunidad de viajar por el mundo enarbolando mi apodo “Atomito”. Eso sí, Borinquen, es menester decirlo, no soy de los que aprendió a querer a Perú azuzado por la nostalgia; no, yo llegué a ti queriéndolo mucho. Y te cuento, en mi leve equipaje aquel 20 de enero de 1998 llevé mi quena y mi zampoña.

Borinquen, y aunque aprendí a quererte, ¡y cómo no haberte querido!, volví a Perú de visita, por primera vez, al cabo de dos años y medio. ¿Por qué? No fue ingratitud, no fue olvido, tuve que saldar y honrar primero la fuerte deuda que contrajera para poder cumplir mi sueño: la beca cubría todo, menos el pasaje, cuyo costo parecía infinito bajo las condiciones económicas que vivía mi familia. Eso sí, honrada la deuda, en vez de ir de vacaciones a Miami, New York, República Dominicana, Colombia, etc., y tener de qué ostentar y con qué llenarme la boca, tal como lo hacían muchísimos paisanos, yo corría a internarme a mi Semán, a recargarme de aliento y emociones: no había como compartir con los amigos, la familia, oler el arrozal… lo más que me alejaba era, por el sur, hasta Trujillo; por el norte, hasta Chiclayo. Al mes volvía a ti, Borinquen, y nuevamente me abrazabas con tu húmeda brisa y tu concierto de coquíes, hasta volver mi pena más llevadera, hasta esfumarla y sentirme tu hijo adoptivo. Y así, hasta que volví a Perú definitivamente; aquel abril de 2006, metí en mi equipaje un coquí, una segunda patria. Cierto, Borinquen, también traje (tu invaluable regalo) unos ojos grandes y nuevos con qué contemplar a mi propia patria, que parecía otra, a pesar de jamás haberla desatendido, y haberla “visitado” con tanta frecuencia.
9 años en ti, Borinquen, más que suficientes para quererte como se quiere a la patria primigenia, para jamás olvidarte, para que me provoques nostalgia “inversa” sin caer en contradicciones desde el 06 de abril de 2006 cuando te dejé definitivamente; sentimiento de gratitud que se intensifica cada 20 de enero, pues un 20 de enero de 1998 dejé por primera vez mi Perú. Pensar que llegué a ti por 2 años, pero la estadía se prolongó o la prolongué por 9 años; las razones vitales fueron: a la par de que aboné mi crecimiento profesional, aboné mi crecimiento musical y literario, que si se ignorara daría la (falsa) sensación de yo haber salido de la nada con el mero afán de advenedizo: tratar de meter las narices donde aparentemente nadie me ha invitado. Un cuarto de mi existencia a la sombra de tus palmeras Y aunque no estuve de paseo, lo estuve; aunque no estuve de turista, lo estuve, como estuve hilvanando un mejor presente y futuro, viviendo/muriendo. Por eso, perdón por el exabrupto, ¿te dejé?, ¿definitivamente?, jamás se deja el lugar donde esparces un ramo significativo de tu vida; jamás se deja el lugar que te ha acogido como lo hace tu patria primigenia.
Gracias, Borinquen, por ser mi telón de fondo, por hacerme sentir en casa, por ser mi taller donde trabajé duro ―aunque ajeno y trasparente a los ojos peruanos― como los de mi generación lo hicieron, seguramente. Algún día volveremos a susurrarnos, Borinquen, mi segunda patria.
Trujillo, 20 de enero de 2019





