Escribe: Robert Jara
Cuando se visita un lugar por un par de días, con la convicción de que se es turista, lo que prima es la mirada condescendiente, acrítica, exenta de compromiso; la mirada que se extasía con el lado alegre del lugar; pues, por definición y convicción, para eso ha venido.
El turista, una vez instalado en el lugar, se olvida de su mundo cotidiano, lo pone en cuarentena, en pausa, y se entrega a vivir la experiencia que él mismo se ha ofrecido o que otros le han vendido. Y para no decepcionarse, para no matar sus expectativas elaboradas, desvía su mirada de todo aquello que podría restarle música, color, sabor a la experiencia. Y claro, no va a ir a gastar su dinero, que ahorró con tanto esfuerzo, para concentrarse en el lado triste del lugar y, menos aún, para inmiscuirse en sus problemas actuales; él va, en congruencia con su rol, en busca del lado alegre del lugar, va en busca de los espacios propicios para tomarse las fotos del recuerdo, y así poder armar, ya de vuelta a su propia realidad, el álbum perfecto que presumirá con los amigos, con el mundo entero. Cabe recordar que hay una ventana en el lado triste del lugar por la cual el turista sí echa una mirada, aunque con poca frecuencia; es la ventana del pasado, de la historia, la que no procura ningún tipo de compromiso.
El turista no va en busca de lo que abunda en su lugar de procedencia, en su cotidianeidad, sería un despropósito, va en busca de lo que allí escasea; y lo que suele escasear es lo bueno, lo que insufla felicidad. Se dice que la felicidad en realidad no es escasa, sino que se busca en el futuro y no en el presente como se debe; yo agregaría que existe la convicción, quizá falsa o insana, de que lo bueno está lejos, en otro lugar; el límite sería el cielo, por ejemplo, si desde la religión se mirara. Aunque este proceder podría ser solo un mecanismo de defensa; pues, resulta menos doloroso creer que existe un lugar mejor que el propio. O quizá podría ser un simple consuelo. O quizá podría ser simple alienación.
¿por qué un circuito turístico no incluye el lado triste del lugar?, ¿por qué un folleto de promoción turístico no muestra a colores el lado triste del lugar?, ¿por qué el turista no fotografía el lado triste del lugar?
Lo que sí es contraproducente, absurdo, es creer que el turista, en general, va a un lugar a mortificarse la vida, a sumirse en un mar de preocupaciones ajenas. El turista, no hay que olvidar, es un escapista profesional que desaparece de su entorno inmediato para aparecer en el paraíso prometido, donde el bálsamo que todo lo alegra, lo espera. Si no fuera así, ¿por qué un circuito turístico no incluye el lado triste del lugar?, ¿por qué un folleto de promoción turístico no muestra a colores el lado triste del lugar?, ¿por qué el turista no fotografía el lado triste del lugar? La respuesta es simple: porque el lado triste del lugar no es para el turista, es para el lugareño, es para el ciudadano de a pie. Entonces, ¿las agencias de turismo o los lugareños son hipócritas por vender solo el lado alegre del lugar? No, sucede que el turista compra exclusivamente el lado alegre del lugar, por definición, salvo contadas excepciones.
El día que el turista voltee su mirada, y la fije en el lado triste del lugar, será porque ha dejado de ser un turista para convertirse en un lugareño. Ese día habrá dejado de mirar desde la otredad, desde la extrañeza, desde la enajenación, desde el hedonismo; habrá mirado desde su humanidad; habrá dejado de escapar; habrá dejado de pensar en la postal, en presumir. En suma, el lugar lo habrá conquistado, asimilado, hecho suyo. Ese día se habrá tendido un puente de comunión e identidad. Y ese día llega, siempre; cuando la estadía se alarga más de la cuenta, sin importar el motivo. El tiempo tiene el poder no grato de aguzar la mirada del turista, hasta hacerla ver no solo el lado triste del lugar, sino, también, el lado triste del lado que era indiscutiblemente alegre.
El turista es un ser dispuesto a gozar del lugar; el lugareño, a sufrirlo; el turista arriba a un lugar con la mirada fresca y la expectativa intacta, mientras que el lugareño persiste allí con la mirada cansada y la expectativa quebrada. El turista cuando se topa con el lado triste del lugar se conmueve, por supuesto; pero, por más desafortunada que sea la experiencia, sabe que la conmoción será paliada por la certeza de que pronto todo quedará atrás, y se convertirá en un olvidable recuerdo; mientras que el lugareño padece la certeza de que el lado triste estará allí, inamovible, incólume, como una extensión inherente de su existencia.
Hay entre los turistas, uno atípico, que no puedo dejar de mencionarlo. Aquel que es turista en su propio lugar, y no precisamente porque practica el turismo interno, que sería sano, auspicioso, sino porque, aunque vive allí, es como si allí no viviera; se enajena, se aísla, no se involucra ni se compromete con su problemática local, con su gente; su casa no es su casa, es su hotel, su simple hospedaje.