Escribe: Omar Aliaga Loje
José Jerí -impresentable y patológico- nunca debió ser presidente. Lo fue por un accidente de nuestra fallida democracia, ese accidente que permitió que un tipo que no logró ser electo como congresista, y tuvo la suerte de ingresar como accesitario ante la caída de Martín Vizcarra, terminara de pronto presidiendo el Congreso y poniéndose la banda presidencial, casi sin saber leer ni escribir.
Es decir, no ganó una sola elección y terminó en Palacio de Gobierno.
Ayudado, por supuesto, por un pacto de partidos políticos conservadores que en realidad mandan aquí y buscan la forma de mantener su poder, sus amarres, su copamiento y repartija. Así, José Jerí llegó a donde llegó gracias a que era el títere perfecto para ellos, para mantener las cosas como estaban. Antes fue Dina Boluarte, a la que sacaron de lado cuando ya no servía y hacia roche en vísperas de la campaña: Ahora le tocaba a Jerí mantenerlo todo igual.
Y así fue. La juventud de Jerí y su mejor manejo en redes, la forma de acatar las indicaciones de los estrategas de comunicación, le dieron una alta aprobación inicial. Además, el contraste con el desastre de Boluarte en esos aspectos hacían ver a Jerí mucho más sobresaliente de lo que en realidad era.
La pompa comunicacional sirve en estos tiempos (si no, miren a Bukele, un maestro de la propaganda en redes que ha convencido a millones de que es un presidente «ejemplar»), pero se agota cuando no hay resultados y cuando no controlas todo. Es probable que el títere que teníamos como presidente haya abusado (palabra nunca tan precisa aquí) en sus favoritismos y sus privilegios. A veces, comer mucho, y solo, en términos de negocios crea celos y grietas mayores en quienes mueven los hilos del poder.
Cuando un improvisado, un tipo sin preparación, y con mórbidas conductas a cuestas llega al poder, pasa lo que hemos visto. Palacio de Gobierno se convierte en una escabrosa suite de soltero y las relaciones peligrosas, oscuras, chiferas con empresarios son una orgía del descrédito.
Jerí no venía intacto. En el Congreso todos estaban al tanto de sus aparentes negocios con los «Babys», su ascenso dinerario no explicado hasta ahora y, desde luego, la denuncia por violación que aún sigue dando evidencias retorcidas. Eso, fuera de su obsesión patológica por mujeres semidesnudas que se lucen en Instagram y en OnlyFans.
Cuando un improvisado, un tipo sin preparación auténtica, y con mórbidas conductas a cuestas llega al poder, pasa lo que hemos visto. Palacio de Gobierno se convierte en una escabrosa suite de soltero y las relaciones peligrosas, oscuras, chiferas con empresarios son una orgía del descrédito. Son, valga la metáfora, como manchas de semen en la banda presidencial.
Y todo esto ocurre mientras la criminalidad llega a máximos insostenibles.
El pacto congresal puso a Jerí para mantener las cosas hasta la elección, pero ni eso pudo. Y por eso han tenido que sacárselo de encima, muy a pesar del fujimorismo, que lo protegió hasta el final y está pagando cara esa derrota.
Ahora vendrá otro u otra que asegure lo que Boluarte y Jerí hicieron a favor de ellos. Nada cambiará. Por lo menos hasta que vengan las elecciones.





