Muchos detenidos en las prisiones brasileñas provienen de contextos de pobreza y no completaron la educación básica. Los reclusos que se inscriben al programa, se sumergen en obras literarias a cambio de reducir sus penas hasta 48 días al año.
Uno de los que se ha acogido al programa es el ex presidente Jair Bolsonaro, quien cumple una condena de 27 años por intentar un golpe de Estado.
Andréia Oliveira, coordinadora de prisiones femeninas e inclusión LGBT+ en las cárceles del estado de Río de Janeiro, señaló que este programa de lectura ayuda a la persona una vez que sale de prisión, pero también a la sociedad. “Cuando fomentamos la educación, las actividades lúdicas, el conocimiento, devolvemos a la sociedad a alguien que puede reconectarse, respetar las normas”, afirmó.
Los participantes eligen o reciben un libro en la primera actividad. En la siguiente sesión conversan sobre su libro y, en una tercera reunión, elaboran una reseña o un dibujo que demuestre comprensión.

Testimonios vivientes
La reclusa Celina Maria de Conceição, de 50 años, ha dicho sobre la lectura: “Nos ayuda mucho porque estamos encerradas y se vuelve muy estresante, muy ruidoso. Podemos irnos a otro lugar, interactuar con otras personas y hablar de cosas buenas, como el libro que estamos estudiando”.
Emily de Souza, de 33 años, dice que la lectura es “una especie de escape para salir un poco de este ambiente, para pensar en otras cosas: otras historias, otras personas, no sólo en mí”.
Como de Souza, una vez que las personas empiezan a participar, generalmente quieren continuar. “El libro les da la posibilidad de soñar y, muchas veces, de ‘hablar’ con otras personas. No con quienes están presos o trabajan en el establecimiento, sino con los personajes de las historias”, sostuvo Rodrigo Dias, jefe de Educación, Cultura y Deporte en la Secretaría Nacional de Políticas Penales del país.





