Escribe: Eliana Pérez Barrenechea
¿Cómo vamos, compañeras?
En la antesala del 8 de marzo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha inaugurado una coalición militar peligrosa con presidentes de derecha de Latinoamérica y El Caribe. La foto es una postal del patriarcado, vemos 11 hombres y una sola mujer de nuestra región, secundando al hombre que lidera la peor ofensiva imperialista y neocolonial de los últimos tiempos, cargando el genocidio en Palestina, el bombardeo de Venezuela e Irán por el petróleo, y la tortura y deportación de miles de migrantes racializados, sin ninguna sanción.
Esta “Cumbre del Escudo de las Américas” ya tiene una narrativa conocida: la construcción de un enemigo —los carteles, la migración, la inseguridad— que justifique nuevas formas de intervención militar, política y económica de Estados Unidos en nuestros territorios. Así funciona la geopolítica imperial: primero se define la amenaza; luego se ofrece la “solución” armada.
En este mundo marcado por la lógica de dueñidad, como dice la antropóloga Rita Segato, nos toca conmemorar un nuevo día internacional de las mujeres trabajadoras. En un tiempo de incertidumbre global, donde proliferan liderazgos autoritarios que se sienten dueños del territorio, de los cuerpos y de las decisiones colectivas, capaces de pasar por encima del derecho internacional y de las instituciones democráticas sin mayores consecuencias.
¿Cómo vamos en este contexto?
Alertas, compañeras, que todo esto tiene que ver con nosotras.
En la foto de la coalición militar no ha estado Perú, pero hay varios candidatos presidenciales que pagarían por estar ahí. Por ejemplo López Aliaga, Keiko Fujimori o César Acuña.
Cuando el mayor imperio liderado por un señor de la guerra, decide asegurar su dominio sobre América Latina y El Caribe, no sólo están en juego nuestros recursos naturales (agua, petróleo, minerales, peces, alimentos, etc.), sino la vida de quienes la habitamos. Vendrán por los hijos e hijas estas tierras para que sirvan como carne de cañón o mano de obra complaciente con la explotación. Y, como ha ocurrido tantas veces en la historia, vendrán también por nosotras, por el control de nuestros cuerpos y nuestro tiempo, por la represión de nuestras libertades y la domesticación de nuestras rebeldías.
La docena de felipillos que han posado con Trump tienen en común una ideología moral conservadora y un desprecio por los derechos humanos y todo movimiento que se asome con un poco de desobediencia.
En la foto de la coalición militar no ha estado Perú, pero hay varios candidatos presidenciales que pagarían por estar ahí. Por ejemplo López Aliaga, Keiko Fujimori o César Acuña, derechistas ultraconservadores, que desde el Congreso han legislado y cogobernado en contra de los derechos de las niñas, adolescentes, mujeres y diversidades sexuales.
Por eso, este 8M, tengamos en cuenta alianza peligrosa de dueñidad que avanza en el mundo y ahora más cerca de nosotras.
Compañeras, levantemos la voz por la gravedad de la violencia de género en el Perú, por la renuncia del Estado a su rol protector, por el incremento de la violencia sexual que registra en promedio una denuncia cada 40 minutos, focalizada de forma cruel en niñas indígenas pobres (más de 800 denuncias sólo en la provincia de Condorcanqui contra niñas y niños Awajun y Wampis).

Pero también necesitamos comprender que nuestras luchas locales están conectadas con dinámicas globales de poder. Nuestra realidad local, responde a un proyecto geopolítico y cultural global, de una coalición patriarcal, imperial y neocolonial que acaba de asesinar a más de 150 niñas iraníes en nombre de su liberación.
Hoy más que nunca necesitamos feminismos profundamente antiimperialistas y anticolonialistas. Porque cada vez que se disputa el control del mundo, los primeros territorios donde se inscribe la violencia son los cuerpos de las personas racializadas y feminizadas: mujeres, niñas, pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, migrantes y diversidades sexuales. Cuerpos convertidos en zonas de sacrificio para sostener guerras, economías extractivas y mandatos sociales que reproducen jerarquías coloniales.
Frente a estos poderes de dueñidad también existen las fuerzas de resistencia: las de quienes se organizan desde abajo para defender la vida y la soberanía de nuestros pueblos.





