Escribe: Robert Jara
A partir de mi observación, poco honrosa e incomprendida, me aboqué a elaborar, con paciencia, una clasificación antojadiza de aquel ser amado cuando su juicio es auspicioso, pero odiado cuando su juicio es adverso, irremediablemente. El resultado, inconcluso y debatible, lo consigné en el texto “Taxonomía del crítico literario”, que publiqué hace tiempo.
Hoy se me ha dado por fijar mi lupa en dos de los críticos literarios que se pasean despreocupados, ajenos a mi praxis maledicente, por las veredas de la variopinta plazuela taxonómica.
Uno
Existe el crítico literario que basado en apenas los tres o cuatro libros que le llegan a sus manos, o le hacen llegar, se pronuncia, con ínfulas de haber estudiado (el) todo, sobre el estatus quo literario de un pueblo, región o país. Alucina, quizá, que en su trabajo funciona la extrapolación o la inferencia; pues, esto explicaría el que en base a un puñado de libros que ni buscó ni encontró, sino que lo buscaron y encontraron, funde y lance una valoración absoluta que a leguas es parcial, relativa. Si un libro, por las razones que fuera, no tuvo la suerte de llegar a sus manos, el libro y su autor se jodieron; y más aún, si el crítico funge de sensor autorizado de la escena literaria. Esta práctica, forjada bajo la acción del mínimo esfuerzo: Libro que no llega a mis manos, no existe. Los libros que llegan a mis manos son todos los libros, es nefasta. Muchos escritores conocedores de esta ociosa y pasiva filosofía de trabajo del crítico, ni bien publican sus libros, ni cortos ni perezosos, si aspiran al beneficio de (ob)tener una pizca de luz mediática o reconocimiento, se desviven para hacérselos llegar. La práctica se instala, sobrevive, porque con ésta todos ganan: el crítico se siente sabio, pontificador, poderoso; y el escritor, atendido y (re)compensado. El crítico (se la) cree, a fuerza de costumbre ─y los escritores también, lamentablemente─, que los escritores tienen la obligación de hacerle llegar sus libros.
Un crítico debería asumir con responsabilidad el trabajo de campo; dejar su actitud ociosa y/o pasiva y dejar de una vez por todas de la comodidad de su biblioteca u oficina
Valorar la parte del todo no es malo, lo malo es vender la valoración de la parte como la valoración del todo. En realidad, es nefasto, porque los escritores bien valorados, aconsejados por sus egos sensibles a la luz esquiva, se tragan convenientemente el cuento de ser representantes del todo; y, claro, tiene sentido, no es lo mismo ser representante de cuatro gatos que de quinientos. Aquí recuerdo, aunque no quisiera, lo que sucede en los concursos literarios: el ganador, quien le ganó solo a quienes concursaron con él, ¡verdad de Perogrullo!, vende su logro, en complicidad con el organizador, como si les hubiera ganado a todos, ¡incluso a quienes no concursaron!; ¡brutal paradoja! parida por el afán de amplificar o sobredimensionar la representatividad, el logro. ¿Acaso la (no) voluntad de concursar o de (no) enviar libros a un crítico es un discriminante sensato, justo? No, porque estas acciones son ajenas al proceso creativo, por lo tanto, ajenas a la calidad literaria; son acciones que avalan la práctica del crítico de ignorar a los escritores que no son proclives a éstas. Así, el vender gato por libre, el pasar la parte por el todo se normaliza.
Un crítico debería asumir con responsabilidad el trabajo de campo; dejar su actitud ociosa y/o pasiva y dejar de una vez por todas de la comodidad de su biblioteca u oficina: que levante sus posaderas de la silla y salga al campo en busca de su objeto de estudio, como lo haría, por ejemplo, un buen arqueólogo. ¿Se imaginan a un arqueólogo esperando que una huaca venga a su oficina? El crítico a olvida o ignora que los libros no lo están buscando; que los libros lo esperan, es un decir, extraviados en las calles, bibliotecas, recitales, ferias, etc.

Dos
Existe el crítico que se desnudará en el siguiente pasaje, y que por razones alturadas llamaré Adolfo. Hace un ya algunos años, un escritor me contó, desencantado:
─Adolfo ignoró olímpicamente mi libro; no le dedicó ni una sola línea en los periódicos y las redes sociales donde suele publicar sus comentarios.
Para animarlo le dije:
─Bah, yo para Adolfo ni existo literariamente hablando; y eso que de vez en cuando compartimos, ya que tenemos algunos amigos comunes.
─¿Ah, sí? ─expresó, algo aliviado.
─Adolfo es el tipo de crítico que solo comenta libros de escritores consagrados. Él nunca baja al llano, no arriesga, no descubre, no ilumina; él no nutre a la literatura, más bien, se nutre de ella.
─¡Sanguijuela! ─espetó como quien se libera de algo.
─O garrapata. Es un vividor u oportunista, un experto haciendo llover sobre mojado mientras rastrojea los réditos que se desprenden de las vacas sagradas.
los escritores, ávidos de un poco de luz mediática, avisados de débil proceder del crítico, acuden a implorarle la presentación de sus libros
Me pareció notar en la voz del escritor que el desaire de Adolfo había sido desplazado por cierto aire de orgullo.
─Vaya, no había reparado en esa vaina.
Tras un breve silencio, eché un poco más de leña al fuego:
─La única manera de que se ocupe de algún libro tuyo, ya que no eres una vaca sagrada, es, apunta: cuando lo publiques, invítalo para que él lo presente.
Esbozó un gesto de incredulidad.
─¿En serio?
─Sí. Al día siguiente, de manera infalible, cortesía de su ego acariciado por ti, verás su comentario, aquel que leyera con aires doctos en la presentación, a toda página en los medios informativos.
─¡Gracias por el dato!
Se paró de su silla, estrechó mi mano, y diciendo: Me voy a pelear a morir con las páginas en blanco, se alejó con un inusual brillo en los ojos.
No es malo que el crítico se dedique solo a las vacas sagradas, es libre de delimitar su objeto de estudio; lo malo es que crea que arriesga algo, desde el punto de vista intelectual, en sus sesudas propuestas. No es malo que no se ocupe de escritores no consagrados, poco visibles, lo malo es que sucumba al yugo de su ego: los escritores, ávidos de un poco de luz mediática, avisados de débil proceder del crítico, sin que éste lo sospeche ─aunque sospecho que no solo lo sospecha, sino que lo sabe muy bien─, acuden a implorarle la presentación de sus libros, imploración que concluye sin chistar, ya se sabe por qué, en un sí rotundo, tras fingir magistralmente que lo piensa.





