miércoles, mayo 6, 2026
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El linchamiento del pueblo

Desde las llamadas "cocaobras", hasta los manejos de su hijo Richard Acuña en Essalud y en el Congreso, César Acuña mostró una insolente angurria de poder que marcó el camino de su debacle electoral. Su unión con Dina Boluarte, el pacto congresal y una serie de actos han significado una traición al pueblo y al elector. Ese mismo pueblo y elector le dio una paliza histórica como respuesta.

A estas alturas, cuando el conteo de votos ya se encuentra prácticamente agotado, queda clara la magnitud del castigo histórico que ha recibido en las urnas César Acuña y su partido, Alianza Para el Progreso. El 12 de abril, en efecto, el electorado del país, y sobre todo de La Libertad, le propinó una auténtica y merecida paliza que ni siquiera los enemigos más acérrimos esperaban.

En los últimos días los apepistas han estado tratando de encontrar culpables y razones, en medio de especulaciones que han sido compartidas por los medios locales. Pero las razones de esta debacle están ahí sobre la mesa y han pasado por nuestros ojos en días recientes, en meses y años recientes.

Solo basta ver el infierno caótico en que se ha convertido la ciudad de Trujillo, la paralización de obras en medio de denuncias de corruptelas en distintas zonas de la región.

APP vino a romper el reinado del Apra en la región y en Trujillo. Pero rápidamente aprendió sus malas mañas, el tarjetazo, el clientelismo, e incluso lo empeoró. El Apra respondía a una ideología, a cierta visión de futuro, y por ello tenía algunos cuadros que podían citar al menos un libro en sus diálogos. En APP, tras llegar a la cima de poder, proliferó la rapiña, el arribismo, la plata como cancha como ideología única. El principal requisito para ascender, en esta dinámica, era ser un lamesuelas del César, su mejor hueleguisos.



Acuña, finalmente, no premió a sus mejores cuadros, sino a quienes se esmeraban por sacarle el mejor brillo a sus zapatos. Y ahí están las consecuencias. Subieron al coche apepista una serie de personajes de la peor calaña.

En esta última campaña, Acuña llevó a una acusada de «mochasueldos» a la reelección en el Congreso. Puso como cabeza de lista al Senado a un exministro de la odiada Dina Boluarte, quien además llevó como organizador en su campaña a un exfuncionario investigado por corrupción por el caso Procompite. Solo por mencionar unos casos.

¿Qué esperaba el señor Acuña que ocurriera en la elección después de las llamadas «cocaobras», después de dejar que su hijo Richard Acuña haga de las suyas en Essalud y perpetre los arreglos subterráneos dentro del Congreso? ¿En serio, señor Acuña, pensaba usted que le aportaba algo su otro «hijo», pero no de sangre, Luis Valdez, aquel que le cargaba el maletín?

La angurria del poder, la ambición por coparlo todo los llevó a juntarse con lo peor. El pacto congresal, la mano de Boluarte, el abrazo con Juan José Santiváñez. Las malas juntas y la poca vergüenza.

Y no olvidemos el inicio de todo, cuando el líder de APP decidió renunciar al cargo de gobernador para postular a la presidencia. No es que la gente lo quería, no es que deseaba que se quedara en el cargo, pero la gente sabía que mintió. A Acuña el elector liberteño le dio una nueva oportunidad para hacer algo por la región, y le pagó así, con una mentira y un desprecio palpable. Al final, ese mismo pueblo se lo ha hecho pagar.

Es por eso que la candidatura presidencial de César Acuña termina en el puesto 13, detrás de candidatos como Carlos Espá, Fernando Olivera e incluso José Luna Gálvez (que ya es mucho decir). Algo más de 188 mil votos, es decir, apenas el 1.1%. Una cifra ínfima y ridícula.

En La Libertad, en su histórico bastión, el asunto ha sido aún más dramático: Acuña y su partido lograron algo más de 32 mil votos; el 3.4%. Ocupa en la región el puesto 10 entre los candidatos presidenciales. Es decir, muchos de sus propios militantes no votaron por él. Un desastre total.

El pueblo, que alguna vez lo encumbró y le dio la oportunidad de manejar el aparato público, lo castigó ejemplarmente, históricamente. Acuña traicionó al pueblo con sus actos y omisiones. El pueblo se la devolvió: le hizo un auténtico linchamiento el 12 de abril.

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