Escribe: Luis Vega
Un poeta, película colombiana nominada a los premios de la Academia, tiene mucho que compartir: sobre la lucha/relación simbiótica entre el arte y el negocio; la paternidad fracturada, tratando de repararse; el romanticismo vuelto una soberbia cargante; las diferentes prioridades, algunas “elevadas”, otras “simples”, de cada quien.
Desde el primer minuto, queda claro que el director Simón Mesa sabe de lo que habla. Entiende tan bien a su protagonista —un hombre demasiado idealista para su propio bien— que puede caricaturizarlo sin extraviar su esencia. El conflicto de Oscar no es mero objeto de burla, sino que se expresa eficazmente en su penosa postura, sus ojitos de pug, su sonrisa torcida, su terquedad infantil. Él es gracioso, pero también enternece. Aun cuando —la escena de Oscar y Efraín en el baño, la chica haciendo el baile-protesta— el humor de Un poeta es su mejor herramienta para desarrollar sus temas.
la relación de Oscar y Yurlady es más interesante porque es más sutil, matizada; por momentos pareciera que ambos representan lo mismo.
Nuestro contrariado héroe halla un contrapunto perfecto en la joven Yurlady. Ella es incluso más talentosa que él, pese a que no le da la misma importancia capital a la poesía; para ella solo es otra manera de expresarse y nada más. A través de la dinámica de la alumna y el profesor (irónicamente, la primera es quien alecciona al segundo), Un poeta marca una clara distinción entre el arte en su forma más pura y el mito construido en su nombre. Yurlady personifica al arte: es espontánea, libre, desinteresada y sincera. Oscar es el mito: obsesionado con su imagen, atormentado por sus fracasos, en perenne búsqueda del éxito, rechazando cualquier atisbo de sencillez. La figura de Efraín, el poeta-mercenario, añade una tercera variable a la ecuación: la influencia del negocio en la creación —la escena donde la chica declama el poema que escribió para el público es muy reveladora; su texto no es malo, pero ya no lleva su esencia.
Sin embargo, la relación de Oscar y Yurlady es más interesante porque es más sutil, matizada; por momentos pareciera que ambos representan lo mismo.
Un poeta es una película extraña que se las ingenia para comunicar ciertas verdades. Cuando señala que la cultura es rehén del dinero, no se equivoca. Es una situación como para ponerse a llorar, pero en lugar de ello, el filme elige reír. Se ríe de nuestros fracasos, anhelos y miedos. Quizá porque tiene presente el mayor consuelo creativo de todos: un libro empieza y termina en un individuo, nunca ha necesitado de las audiencias.





