InicioOpiniónLa trampa perfecta: Elegir entre el espanto y el abismo

La trampa perfecta: Elegir entre el espanto y el abismo

Pasado mañana iremos a las urnas con el estómago revuelto y con las encuestas diciendo que están empatados mientras el veinticinco por ciento de los peruanos todavía no sabe qué carajo hacer con su voto. Gane quien gane este 7 de junio, el Perú seguirá habitando un territorio brumoso.

Cada vez que se acerca una elección presidencial en el Perú, siento una punzante mezcla de fatiga, estupor y una tremenda intención de mudanza que se traduce en una auténtica náusea cívica, sobre todo al vernos una vez más arrinconados contra la pared y obligados a elegir entre dos opciones que nos representan tan poco y que se empeñan, con una terquedad verdaderamente admirable, en insultar nuestra inteligencia.

Faltan apenas dos días para el trascendental domingo 7 de junio y el menú que nos ofrece este balotaje es desalentador, comenzando por el lado de Keiko Fujimori, la eterna candidata que ha convertido la postulación a Palacio en una profesión vitalicia y en un hobby tan costoso como obsesivo, buscando ahora el poder por cuarta vez consecutiva con el desgastado libreto de la mano dura mientras apela sin pudor a los genes de su padre, prometiendo un orden que resulta difícil de creer si recordamos que cuando su partido manejó un rodillo absoluto de más de setenta congresistas, se dedicaron a una demolición política sistemática, pechando ministros y triturando gabinetes en lo que fue la verdadera antesala del caos.

Detrás de su fingida renovación, el verdadero gabinete en la sombra de Keiko está habitado por los guardianes de la ortodoxia naranja, un comité de crisis permanente donde figuran personajes que arrastran un pesado rabo de paja judicial como el omnipresente Miguel Torres en el frente legal y el incombustible Luis Galarreta en la secretaría general, ambos incluidos por la Fiscalía en la acusación por presunto lavado de activos con pedidos que rondan los 30 años de cárcel, secundados por Ana Vega en la disciplina interna y Christian Peralta puliendo la retórica mediática, lo que nos demuestra que la candidata arrastra un yunque de aliados procesados que confunden burdamente el orden con el blindaje político.



Al otro lado del abismo nos espera Roberto Sánchez, el psicólogo que parece no haber descifrado el trauma colectivo de su propio país y que, como delfín confeso de Pedro Castillo, carga con el estigma de haber sido el ministro de Comercio Exterior que defendió a capa y espada aquel régimen nefasto hasta su último suspiro, aunque lo que verdaderamente lo escolta hoy es un pesado prontuario judicial donde la Fiscalía le solicita 5 años y 4 meses de prisión efectiva por el presunto desvío de más de 200 mil soles de aportes partidarios hacia cuentas personales, un lodo que le llega al cuello y salpica directamente a su hermano William, a su tesorera Luzmila Ayay, experta en el oportuno extravío de libros contables, y a su asesor espiritual Luis Alejandro Bazalar, un polémico personaje expulsado del Vaticano.

Desesperado por su enorme antivoto, Sánchez ha presentado en Lima una apurada hoja de ruta firmada por Pedro Francke y Rodríguez Cuadros en un volantazo de 180 grados donde borró la renegociación de los TLC, reculó en la nacionalización de Telefónica y redujo la Asamblea Constituyente a una lejana alternativa jurídica, pero este travestismo político es una farsa flagrante porque el Jurado Nacional de Elecciones ya ratificó que este nuevo plan carece de total validez legal por presentarse fuera de plazo, dejando como único plan vigente el texto original con todo su estatismo a cuestas, lo que convierte el acto de pasear un folleto de moderación inválido en la capital mientras se enciende a las tribunas radicales del sur en un sainete circense de pésimo gusto que sólo logra que el miedo crezca.

Al final, la campaña se ha reducido a una guerra lingüística de una pobreza intelectual penosa donde Roberto Sánchez dice con desparpajo que el caos se escribe con K de Keiko y ella le responde que se escribe con C de Castillo, lo cual nos deja con la certeza de que ambos tienen la más absoluta y aterradora razón porque el caos en el Perú se escribe con K y se escribe con C, siendo este el deletreo perfecto de nuestra propia decadencia en un país que ha tenido ocho presidentes en una década y que sobrevive en la paradoja de una economía que camina al tres por ciento a pesar de sus gobernantes, mientras la sociedad se desangra entre la informalidad criminal y las mafias de la extorsión.

Mientras camino por estas calles trujillanas envueltas en el pánico cotidiano, me pregunto qué nos queda al ciudadano de a pie en una ciudad que padece el azote implacable de una delincuencia feroz donde esta epidemia salvaje de extorsiones y el cobro de cupos no son fenómenos climáticos, sino la consecuencia directa de una clase política putrefacta e incapaz de darnos la más elemental seguridad, por lo que ante este chantaje electoral tan burdo el voto en blanco o viciado no es desinterés sino un grito de legítima defensa y un acto de higiene mental, porque votar por Keiko significa aceptar el retorno de una dinastía que fractura y que arrastra su propia e histórica cúpula de corrupción dispuesta a revivir los blindajes impunes del pasado, mientras que votar por Sánchez equivale a firmar un cheque en blanco a la inoperancia, al resentimiento ideológico y a una facción tapada por denuncias de corrupción de última hora.



Pasado mañana iremos a las urnas con el estómago revuelto y con las encuestas diciendo que están empatados mientras el veinticinco por ciento de los peruanos todavía no sabe qué carajo hacer con su voto, algo de lo que no puedo culparlos porque en esta ruleta rusa electoral, gane quien gane este 7 de junio, el Perú seguirá habitando ese territorio brumoso donde el orden es una quimera y el progreso es apenas una migaja que nos tiran desde la mesa de los poderosos.

Vaya ironía que este domingo de elecciones coincida exactamente con el Día de la Bandera; renovaremos el sagrado juramento de fidelidad a la patria frente a una cédula de votación que la pisotea, confirmando que el verdadero heroísmo ya no es morir en el Morro de Arica, sino sobrevivir el lunes con el presidente que nos toque.

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