Mario Vargas Llosa, con esa elegancia que ya no existe, alguna vez dijo: «Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida». Para un trujillano como yo, que aspira a ser escritor juntando dos adjetivos decentes mientras sobrevive al caos de esta ciudad, aprender a leer fue, más bien, una condena. Porque una vez que aprendes, ya no puedes ignorar el analfabetismo funcional de quienes nos gobiernan; y lo peor es que cada vez son más brutos, más cínicos y más ruidosos.
Por un lado, me emociona saber que ha empezado la cuarta edición de la Feria Internacional del Libro de La Libertad. De verdad, es un milagro cultural en medio de este desierto de ideas. Pero qué triste y doloroso es ver que los improvisados que están a cargo de la Municipalidad Provincial de Trujillo no sólo no apoyan y le ponen trabas a la organización, sino que parecen haberle declarado la guerra a las letras. Aquí no hay políticos cortando cintas ni fingiendo que leen para la foto; aquí hay una ausencia que grita. La feria les importa un carajo, esa es la verdad. Al parecer, es más rentable y «cultural» organizar conciertos de cumbia, beber en público y darse besos en el escenario que hojear un libro.
Es irónico: tenemos una feria que sobrevive a punta de coraje ciudadano y una gestión municipal que responde con «trabajos de remodelación» y bibliotecas convertidas en acuarios.
De hecho, han tenido una idea brillante, digna de un villano de caricatura barata: cuando la Plazuela El Recreo debería ser el santuario del pensamiento, se les antojó continuar las obras de remodelación de la pileta de la plazuela, en pleno corazón del evento. El barullo de las obras inoportunas y esa neblina de escombros son el telón de fondo que la municipalidad le regala a los escritores. ¿Es gestión o es un sabotaje con premeditación y alevosía? En esta ciudad, la línea que separa la estupidez de la maldad es tan delgada como una hoja de papel cebolla.
Y mientras la plaza sufre su «cirugía» inoportuna, la verdadera tragedia flota, literalmente, a unas cuadras. Nuestra Biblioteca Municipal sigue cerrada; un cadáver arquitectónico que prometieron resucitar en diciembre del 2025 y que hoy sigue en cuidados intensivos. Miles de libros, nuestro tesoro intelectual, yacen arrumados en la Piscina Gildemeister. Por eso, en Trujillo, si quieres leer un libro, casi tienes que llevar ropa de baño y bloqueador, porque los libros están «nadando» en la humedad de un local municipal mientras el proyecto de la nueva biblioteca se ahoga en el olvido. No sólo duele; indigna hasta las náuseas.
Es irónico: tenemos una feria que sobrevive a punta de coraje ciudadano y una gestión municipal que responde con «trabajos de remodelación» y bibliotecas convertidas en acuarios. Se llenan la boca hablando de la Capital de la Cultura, pero tratan a los libros como si fueran estorbos. No sé cómo se escribe sobre una ciudad donde el poder le tiene miedo a las páginas, pero sí sé que, mientras ellos levantan polvo, nosotros seguiremos rescatando palabras del fondo de la piscina. Nos vemos en la feria.





