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Caribeños de Guadalupe, ¿cuánto te debo?

La popular orquesta de cumbia de la histórica tierra de Guadalupe se quebró en dos. Dos hermanos decidieron que no vaya más la unidad que hizo bailar a millones de personas. Santiago Aspericueta ahora dirige a la orquesta "Caribeños", mientras su hermano Fernando se quedó con la del nombre completo "Caribeños de Guadalupe". Robert Jara les ofrece su gratitud.

La orquesta Caribeños de Guadalupe nació el 8 de agosto de 1971 por inquietud de don Santiago Aspericueta Reyes, quien, lamentablemente, se fue de este mundo sin haber tenido la dicha de ver a su orquesta metida en los corazones de los peruanos, de ver a su orquesta reírse del dictador “nadie es profeta en su tierra”. ¡Qué feliz habría sido al ver, al fin, a miles de guadalupanos haciendo colas que doblaban las calles para entrar a bailar con Caribeños de Guadalupe! Sí, le hubiera parecido mentira, don Santiago.

El 28 de julio de 1994, publiqué, en el boletín Raíces,  un artículo en el cual expresé un par de hechos que me indignaban: 1) los llenadores de los buses interprovinciales no mencionaban a Guadalupe como destino,  a pesar de que lo era, 2) había guadalupanos que negaban a Guadalupe porque Guadalupe era poco conocida.   Y hoy, casi una década y media después, qué iba a imaginar que mi juvenil indignación sería resarcida por Caribeños de Guadalupe. Y no estoy sugiriendo que la orquesta supiera de mi reclamo, y,  mucho menos, que lo tuviera en cuenta; sólo estoy diciendo que ha puesto el nombre de esta tierra milenaria, a punta de cumbias, giras, bailes,  conciertos, no solo en boca y oídos de los cobradores que laceraron mi orgullo, sino, también, en boca y oídos de todo el Perú y parte del mundo. Caribeños de Guadalupe me ha dado, sin saberlo, la alegría de escuchar el nombre de mi terruño en cada rincón que visito.

¿Por qué, si no es por amor, la orquesta norteña en su nombre endosaría el nombre de su terruño? Nada le hubiera costado seguir llamándose Los Isleños o Rhym Boys como se llamaba en sus inicios o, simplemente, Caribeños como empezó a llamarse el año 1985; pero no, decidió que su popularidad serviría, también, para esparcir el nombre de su terruño por donde la llevara el destino; es así como en la década de 1990, empezó a llamarse Caribeños de Guadalupe. Parece mentira que un gesto tan sencillo, de gratitud y cariño, haya dado tan benévolo fruto: Guadalupe, Tierra Milenaria, floreció más allá de sus fronteras, escapó del anonimato. Tanto así, que ya no tengo que dar explicaciones, tal como sucedía en mi época universitaria, cuando decía que era de Guadalupe. ¿Guadalupe? ¿Y dónde queda? Hoy, en vez de estas incómodas preguntas, más bien, acotan con cierta naturalidad: Ah, la tierra de Caribeños.

Los hermanos Aspericueta.

Cuando digo que soy de Guadalupe, en realidad, nadie comenta: ah, la feria de la Virgen; ah, la Capital del Arroz; ah, el hogar de los héroes Fernando y Justo Albújar, y Manuel Guarniz. Todos, salvo raras excepciones, dicen: ah, la tierra de Caribeños; ah, la tierra de Marina Mora; ah, la tierra del sánguche de pavo, en este estricto orden, dictado por la frecuencia con que son mencionados. Pues, Caribeños de Guadalupe, se ha convertido en el ícono mediático más importante de Guadalupe, en su embajador por antonomasia. Es claro que si la orquesta cumbiambera se hubiera llamado simplemente Caribeños, igual habría dado luz y brillo a Guadalupe; su popularidad habría obligado a sus millones de admiradores a preguntarse por su lugar procedencia; aunque sin el nivel de impacto que ha tenido el endose benévolo. A estas alturas, debo decirlo: no tiene precio escuchar “Guadalupe” en cada audio o video; en la radio, en la tele, en las redes sociales; en cada baile, fiesta o concierto. No tiene precio escuchar el pegajoso estribillo, Caribeños de Guadalupe, cortando afablemente el aire.

Me siento orgulloso de Caribeños de Guadalupe no porque sea de Guadalupe; sino porque ha remozado a la cumbia peruana, le ha insuflado frescura; porque le ha ayudado a la cumbia a calar en todos los estratos sociales del Perú; porque ha patentado un estilo musical único, inconfundible que mueve multitudes, un estilo que puede rastrarse fácilmente en la música de diversas agrupaciones cumbiamberas; porque su calidad musical es un hecho, no una aspiración; porque es un semillero de voces. Caribeños de Guadalupe es, antes de todo, un rosario de todo lo expuesto; y, luego, por suerte, es de Guadalupe; y, luego, por suerte, esparce en su nombre artístico y en su popular estribillo, el nombre de su terruño.

¿Qué guadalupano no ha sido tocado, de alguna manera, por el éxito de Caribeños de Guadalupe? ¿Qué guadalupano no se ha sentido orgulloso cuando suena Caribeños de Guadalupe en el taxi, en la combi, en el micro, en el bar, en el restaurante, en la calle…; cuando aparece en el periódico, en la radio, en la tele, en las redes sociales, hilando a ritmo de cumbia su legado, sin caer en el plagio alevoso; estampando su nombre y con este el de su tierra en los anales de la historia de la cumbia peruana? Quien lo niegue vive en una burbuja, en otro planeta; o, simplemente, la envidia lo corroe; y esto aplica, incluso, a quien no le gusta la cumbia. ¿Qué guadalupano tendría hoy la excusa para negar a Guadalupe porque no la conocen? El beneficio más grande que me ha dado Caribeños de Guadalupe es el ya no tener que dar explicaciones sobre la existencia o ubicación de Guadalupe; pues, hoy, es la tierra de Caribeños, simplemente; razón necesaria, suficiente y justa para profesarle gratitud eterna.

Caribeños de Guadalupe goza de un lugar privilegiado en la escena musical peruana, en el imaginario colectivo, salvo que cunda la mezquindad o el centralismo. Y creo que ya es hora de devolverle lo que dio sin pedirle y sin permiso: un motivo de orgullo identitario. Digo esto y me es imposible no recordar lo siguiente: durante la Festividad en Honor a la Virgen Nuestra Señora de Guadalupe, en el toldo del campo ferial, colmado de clientes, donde compartía con mi familia, noté que la música de la orquesta guadalupana casi brillaba por su ausencia; quizá, pensé, será porque el dueño del establecimiento es foráneo y se dedica, por voluntad o acuerdo, a difundir la música de los grupos cumbiamberos de su zona. No pude contenerme y llamé al mozo, y le pedí que pusiera Caribeños de Guadalupe, pedido que, aunque sin apuro, fue atendido; algo que, lamentablemente, no sucedió en el bar de la plaza mayor, donde compartía con unos amigos; el joven DJ siguió poniendo Shakira porque, según él, a él le gustaba mucho. Pero, menos mal, a estas malas experiencias se opusieron lo que sucedió en los establecimientos de don Arana y Velásquez, donde mientras degustaba unas papitas rellenas o un aguadito de canasto de pavo, Caribeños de Guadalupe sonaba cual grato telón de fondo. Por esos días, me contaron luego, el sacerdote de turno, durante la homilía, pidió con fe a sus feligreses apoyar a la orquesta que le ha dado tanta luz a Guadalupe. Mi pedido, es menester decirlo, nació de la gratitud más no del chovinismo; nació del sentido de la oportunidad: la Festividad en Honor a la Virgen Nuestra Señora de Guadalupe, principal ícono de la guadalupanidad, es una ventana de oro que se abre al mundo solo por semanas al año, por lo que hay que aprovecharla para mostrarle al visitante lo que se hace en casa.  

Dado que los grandes éxitos no ocurren todos los días ―las condiciones histórico-sociales que los gestan son irrepetibles, no son el resultado del anhelo o de aplicar una rígida fórmula―, no será fácil volver a ver a otro Caribeños de Guadalupe que remoce la cumbia y haga bailar al Perú entero; como tampoco, otra Marina Mora que se corone como la tercera mujer más bella del mundo (2002); como tampoco, otro Sánguche de Pavo que se instaure a punto de propaganda de boca como delicia gastronómica; como tampoco, otro Sport Pilsen que se corone campeón nacional de fútbol en la otrora competitiva Copa Perú (1983). Que estos elementos singulares que definen la identidad guadalupana, no pasen de largo, sin pena ni gloria; que se valoren, apropien, se asimilen.

Gracias, Caribeños de Guadalupe, por ser de Guadalupe. Gracias, por renovar la cumbia peruana. Gracias, por llevar el nombre de Guadalupe por todos los rincones del Perú y parte del mundo. Gracias, por salvar a Guadalupe, Tierra Milenaria, del pozo del anonimato. Gracias, por atender mi reclamo juvenil sin siquiera tú haberlo leído o escuchado. Caribeños de Guadalupe, ¿cuánto te debo?  

¡Caribeñízate!

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